jueves, 2 de febrero de 2017

Piano, piano

Confieso que no pude evitar sonreír con cierto aire de nostalgia cuando las últimas palabras en italiano que escuché fueron precisamente aquéllas que me recibieron. Recuerdo los primeros días, ese choque entre cordura y locura, la irremediable necesidad de tenerlo todo bajo control y al mismo tiempo la ligereza que te da el fluir, el perderte y encontrarte, el conocer gente nueva y distinta, probar sabores nuevos, disfrutar de vistas que desconocías y que te dejan sin aliento, esa sensación de levantarte cada mañana sin más plan que a dónde tus pies y tu ilusión decidan llevarte. 



Al día siguiente de aterrizar, después de haber hecho papeleos varios, recuerdo haber conocido a un italiano-español en la cola de nosequé cosa, tal vez en la oficina de transporte, de turismo, o del supermercado, esos días lo tengo todo borroso. Gastaba un aire hippie de quien camina por la vida sin nada y recibe todo cuanto necesita de ella, una seguridad pasmosa, una mirada vivaz e interesante, las manos casi siempre en los bolsillos, silbaba muchísimo, y recuerdo que su cara y cuello estaban intensamente enrojecidos por el sol. 

- Piano, piano.- me dijo.

- ¿Qué?

- Que vayas despacio, que las cosas necesitan su tiempo, acabas de llegar y ya quieres hablar y entender italiano sin que nadie te haya enseñado nada. Quieres dejar de coger el autobús y bajarte en la parada equivocada; y manejarte a la perfección por una ciudad en la que no llevas ni 24 horas. Tranquila, ten paciencia, todo llega ya verás. Piano, piano.

Comimos en uno de los numerosos pizza-kebab que se alinean en una y otra calle con sus maravillosas ofertas y esa extraña sensación de estar comiendo pizza en Italia cocinada por un turco, ¡¿qué puede haber más auténtico para un turista?! Ya llegarían después los días del purismo italiano, ya llegarían...

Piano piano, me repitió al despedirse. Él no lo sabe, pero de aquéllas palabras yo hice mi lema los primeros días, decidí no sólo perderme, sino perderme más, no tener miedo a meter la pata con el idioma, coger autobuses con la incertidumbre de donde me dejarían, hablar con la persona menos pensada, tener paciencia y esperar.


Y lo cierto es que no lo recuerdo, no sé el momento exacto en que todo hizo click, pero de pronto un día descubrí que estaba hablando con un grupo de italianos en clase y seguía al 100% la conversación y participaba sin pensar si tal o cual verbo estaría bien conjugado. De pronto conocía todos los atajos, los caminos más bonitos, los que tenían tiendas más chulas, los que pasaban por más plazas, los que abrigaban mercadillos en determinados días... Los que tenían luces de Navidad más bonitas, los que tenían el pavimento mejor cuidado, los que te conducían al río, los que... 

Recuerdo un día, en Milán, que olvidé el gorro en el asiento del tren y vino detrás de mí un chico corriendo a devolvérmelo. En ese momento me pilló con una amiga rebuscando en el mapa cómo llegar al tan famoso Duomo, cuando después de dármelo me preguntó si era nueva en Milán, le respondí que sí. 

- Entonces, ¿eres de Turín, no?- me preguntó sonriente.
- Sí, sí, soy turinesa.- le dije sin pensar.

Y todo, piano piano, había encajado sin que me diera cuenta, y en el momento menos pensado había hecho de aquélla mi ciudad.

Hoy me doy cuenta de como aquéllas calles ya me empiezan a faltar, sus plazas siempre llenas de gente, las vistas que día y noche regalan las orillas del Po, los jardines más bonitos en los que he podido ver el otoño, los modos y la exquisita educación con que me he sentido tratada, el caos del tráfico, de la administración pública, y de todo. El café, y ese micro-vaso de agua con gas que te ponen siempre junto al café lo pidas o no. ¿Por qué? Porque hay que preparar el paladar antes de saborear el cielo (y en Italia, el café sin duda es un instante en el Paraíso).

Porque las cosas buenas, las que valen la pena -y el café la vale- se merecen una delicada preparación. Podemos tomar las cosas a destiempo, con las manos sucias, el paladar gastado, el alma encogida, la prisa que todo lo inunda, el instinto que tanto domina. Podremos hacerlo, podremos darnos dos palmaditas en la espalda y decirnos que lo hicimos. Bravo, enhorabuena. Has rebajado a algo banal lo que se suponía que debía ser extraordinario.

Y así lo aprendí, piano piano. En mi búsqueda por la normalidad, la sencillez, aspirando a la imperfección que me recordara que no soy el superhombre de Nietschze y no todo me pertenece ni todo lo controlo. Esa extraordinaria normalidad que no es una contradicción, hoy parece que lo verdaderamente extra-ordinario sea ser, sencillamente ser, querer ser, luchar por ser.


Todos estos recuerdos vinieron a alborotar mi mente cuando al bajar del coche el taxista me dio mis pesadas maletas con cuidado y me dijo sonriente:

- Tranquilla, piano piano.

Y es que, chi va piano, va lontano.