miércoles, 7 de octubre de 2015

Canción para nadie (Entre líneas III)

Quería escribirte, ¿sabes? Son muchas las veces que a lo largo de estos días, en circunstancias muy distintas, ha habido algo que me impulsaba a escribir, a dejar caer sobre un papel todo aquello que sentía, bueno y malo. Todo.

Curiosamente, no he podido tener a mano un simple ticket de la compra en que apuntar cuatro ideas, ni el móvil, nada. Y escribía en mi mente una historia, un intento de ensayo tal vez, una manera de poner orden a todas aquellas sensaciones que me embargaban y que iban cobrando forma de palabras.

¡Quería compartir contigo tantas cosas!

Quería hablarte de aquel sitio, de aquellos días, pero hablar sin parar. Y sabría que las palabras saldrían de mi boca casi a borbotones, confusas ante tanto movimiento, tan sólo por esa emoción que sentía de transmitirte todo aquello que había podido vivir, que consideraba un regalo, y que quería también para ti.



Quería desahogarme un poco también, pues sabes bien que aquel gesto tan sumamente falto de respeto me indignó durante días. Y, que fueron muchas, pero muchas, las noches que estuve a punto de cometer una tontería, y que si no lo hice fue por ti. Y también quería hablarte de aquel tipo, te caería bien, uno de esos hipster con barba, ya sabes, que con cuatro frases apasionadas consigue que te quites el sombrero si es que lo llevas. Que hay gente, mucha gente, con grandísimas ideas ahí fuera, y que no las estamos escuchando pues sólo hacemos hueco a nuestras opiniones.

Quería contártelo, ¿sabes? Pero aún no he encontrado ni el modo ni las palabras.



Durante aquellos días pienso que mis manos lloraban si es que eso es posible; y que todo aquello que pensaba en escribir se desvanecía dejando en mí una sensación de ahogo, de nostalgia de aquel mundo paralelo en el que me había perdido por unos minutos; de metas alcanzadas, de batallón de campo, de caminos cruzados, de girasoles y paraguas.

No era nostalgia amarilla, era nostalgia de ti. 


Quería escribirte, ¿sabes? A ti que no tienes nombre, que no tienes rostro ni escucho tu voz. A ti, cuyas manos aún no he sentido, cuyos pasos no he visto llegar. A ti, de quien no sé aún tu procedencia, ni el momento, ni el lugar. Tan sólo sé, y por lo pronto me basta, que tienes en tí ese mirar.

Y hoy, de pronto, lo recordé. Fue apenas un parpadeo, dos segundos en que todo volvió a mí, en que le miré tratando de buscarte, de cruzar de nuevo esa mirada con la mía para cerciorarme de esa inefabilidad que quiero contarte. De que tal vez, y solo tal vez, hoy podría emborronar en un papel todo aquello que se perdió en mi memoria a falta de un buen boli bic. Ocurrió todo muy rápido, tanto es así que volví a sentirlo. Esto no es nostalgia amarilla, no es posible que lo sea, es semplicemente nostalgia de ti.

Perdí de pronto las ganas de preguntarte tu opinión sobre el contenido de aquella carta casi viral de si quería o no ser soltera contigo. Y sobre tantas y tantas teorías baratas que nos atrevemos a decir o escribir, de esa absurda manía que tenemos de opinar sobre todo y todos, ese vicio de tener la razón, ese "yo soy muy independiente", ese "es que a mí me gusta viajar", ese "no, en realidad significa esto". Utopías la vie en rose que vendemos al mejor postor.
 
Mirar sin ver, o ver si sin mirar, que para el caso es lo mismo. Quería preguntarte tan sólo si nunca has sentido vergüenza de la ignorancia del resto, pero sobretodo de la tuya, esa pequeñez tan nuestra que de tan pequeña ni la vemos. De dibujar garabatos con los que adornar sueños cobardes para los que no nos ataremos ni los cordones de los zapatos para alcanzarlos. Y es que veces somos muy graciosos...


Quería decirte tan sólo esto, actos, actos, actos.
 
Que para empezar sólo hace falta una cosa, remar en un mismo sentido, y que si de primeras no vas a hacerlo no dudes que caerás pronto de la barca, y no será por casualidad... Llámalo independencia, llámalo "x", conociendo mi rumbo ¿por qué remar a tu lado sabiendo que tú persigues uno distinto? Saint Exúpery lo deja bien claro: "Amar es mirar los dos en la misma dirección." Amar, remar, nadar, salvarse... Que ante una tormenta no se te ocurra hacerte el héroe y empaparte tú sólo, y que si tú saltas, yo salto, que Jack cabía en la tabla que sí. Y que encontraremos la manera, nuestra manera, no la de tus amigos o los míos, ni tan siquiera nos servirá la de tus padres. No. Será nuestra manera. 
 
Palabras, al final muchas veces no dicen nada, no es que pierdan su significado y queden vacías, es que las modificamos. Hemos desarrollado esa maravillosa técnica, y no sólo los juristas, de lograr que digan lo que nosotros queremos que digan, de volver a nuestro favor su significado. Y es que, al pan pan, al vino vino. Y si quieres peces, tendrás que mojarte el culo. Que me voy por las ramas, ya lo ves.

Que adoro las palabras, ¿no es evidente? Pero me apasionan aún más cómo actúan los silencios, cómo hablan nuestras obras. (Por si no había quedado claro antes: actos, actos, actos.) Que esa palabrería de que respetas mi espacio y yo el tuyo es maravillosa, de verdad. Y que no hay cosa que me dé más paz que conocer a alguien que tenga su espacio y no quiera perderlo. Pero también quería decirte que no nos enteramos de nada, que entre interesarte por una persona y depender de una persona hay todo un océano, y que agradezco enormemente que no invadas ni mi privacidad ni mi desarrollo personal, así como admiraré esa manera tan tuya de hacer de lo mío algo tuyo, esto es, que sientas mis alegrías del mismo modo que yo, mi tristeza como yo, mi apatía o mi ilusión. En definitiva, que estés. Sencillamente eso, que estés. 

Decía Aristóteles que un amigo es un alma en dos cuerpos. Serás muchas cosas: compañero, amante, consejero y cómplice; pero ante todo, amigo.

Que tú eres tú, y yo soy yo, y me dirás ¡menudo descubrimiento! Pero esta perogrullada nos explotará en la cara en más de una ocasión, como tantas veces en la vida, pues nuestras diferencias chocarán, y pensaremos que para entendernos no hacen falta palabras. Y no, para entenderse la mayoría de las veces habrá que hablar.


Que he de confesarte una cosa, y es que cuando empecé a escribirte en verdad no tenía intención alguna de contarte todo esto, que eran otras cosas, muy distintas, de las que quería hoy hablarte. Que apenas sigo el ritmo de mi mano escribiendo a mala letra ese folio medio arrugado. Que he vuelto a perderme por unos minutos en esas metas alcanzadas, en ese fango del batallón de campo, de caminos cruzados, de girasoles y paraguas. Supongo que tan sólo quería escribirte. A ti que no tienes nombre, que no tienes rostro ni escucho tu voz. A ti, cuyas manos aún no he sentido, cuyos pasos no he visto llegar. A ti, de quien no sé aún tu procedencia, ni el momento, ni el lugar. Tan sólo sé, y por lo pronto me basta, que tienes en tí ese mirar. 
 
Quería decírtelo sin más, con la elegancia de lo humilde, la sencillez de lo pequeño, pues a buen entendedor pocas palabras bastan. Pero me he escapado, lo siento, comencé a escribirte al son de unos acordes, entre las líneas de una canción, una canción para nadie.


 
"Me faltan detalles que he de concretar,
el color de ojos por ejemplo me da igual,
risas que no falten, me voy a callar. "