Me he dejado el móvil en casa, y una cola kilométrica me separa entre el funcionario que me tiene que atender y yo. A mi alrededor nadie mira al frente si no es para comprobar que su posición sigue intacta y soltar el típico bufido de "no tengo todo el día", una vez cumplimentado lo que manda "la etiqueta" vuelven sus miradas al teléfono. Whatsapps, galerías de imágenes, Facebook, Instagram... Cualquier cosa que haga la espera menos aburrida. Estoy tan ensimismada en el sueño que tengo y en mirar en derredor que tardo en reparar que la música que llevo escuchando un buen rato procede de la misma fila.
Y ahí está usted, porque, discúlpeme si no me atrevo aún a tutearle. No me atrevo, tampoco, a adivinar su edad, sin duda jubilado, pelo canoso y tez morena, chaqueta verde a medio abotonar y unos ojos que parecen ausentes, en sus labios una armónica, que deslizan sus manos de un lado a otro de la boca con asombrosa alegría. Lo cierto es que está dos puestos por detrás de mí, lo que facilita nuestro segundo encuentro, cuando una vez finalizados mis trámites y estando sentada en la parada del autobús con la esperanza de tener una vuelta rápida y sin complicaciones le veo venir en mi dirección, caminando.
Porque usted no anda, usted camina. Y me descubro admirando esa capacidad de abrir un camino al andar, de caminar al andar. Y pienso en tí, en mí, en las prisas que últimamente nos inundan para llegar a todo en tiempo récord, lo que no hace sino que día tras día nos digamos a modo de broma que nuestro día ha sido "mierder" por el simple hecho de no haber llegado a todo lo que nos habíamos propuesto al levantarnos. Pienso en tí, en mí, y sólo quiero que nos reflejemos en él.
Que caminemos al andar, paseando, disfrutando, en compañía o sin ella, sin analizar, tan sólo observando qué tenemos a nuestro alrededor y nos dejemos, de verdad, maravillar. Que subamos a la montaña, y palpemos en ella nuestra pequeñez, nuestra nada. Conocer el mar y emborracharnos de él. Y caminar, sin duda lo que quiero para tí y para mí, es que caminemos al andar.
Abrir la puerta de la felicidad a cada paso, vivir en plenitud ese instante en que uno se siente libre, dichoso, sereno, satisfecho e invencible. Pequeño, muy pequeño, pero protegido.
Buscar el piar de los pájaros, el rugir del viento, el suave roce de los árboles, y a los niños saltando. La comba contra el suelo, la pelota entrando en la canasta y una fuente de lo que no cesa de brotar agua. Las risas, un padre llamando con cariño a su hijo, y el silencio de la espera.
Ay la espera...
Que midamos nuestros pasos, comprendiendo que hay algunos que no deberemos dar a la ligera sino en su momento, sólo con determinadas personas. Qué importante es dar a cada paso y cada persona el valor adecuado, ¿no cree usted?
Y usted, en mi imaginación cansada y alocada, asiente con la cabeza. Ya sabía yo que en esto tenía razón...
Que sepamos, además de batirnos en duelo cada día entre los pasillos del intercambiador de Plaza Castilla para no dejarnos arrastrar entre el gentío, cambiar el chip y con cada paso que demos al andar, abramos también un camino, con esa mirada que en apariencia es dispersa pero que no pierde detalle de lo importante.
Y detenernos. Tú, yo. En lugares donde no estorbemos. Lugares donde puedas ocultarte discretamente sin afán de hacerte notar, igual que haré yo, hilando cada experiencia al tejido de mi vida, de tu vida, y en ocasiones la que será nuestra vida, enhebrando todo lo que aprendemos no sólo de lo que vivimos sino de lo que escuchamos, vemos, sentimos.
Ojalá, en esa espera tan fastidiosa saquemos la armónica y sin darle más vueltas comencemos a tocar, ajenos a ese brillo que despierta la música en las miradas de los demás, ajenos a esas preocupaciones que salen volando de sus mentes con cada compás de la melodía, ajenos a todo, atentos tan sólo a lo importante. Ojalá, a falta de instrumento, del don de la música, de saber tocar, encontremos nuestra "armónica" con la que dar sabor a la espera para no perder ni un sólo segundo de nuestro día, que nos fue dado con la esperanza de que camináramos sobre él y no sólo anduviéramos.
Ojalá, en esa espera tan fastidiosa saquemos la armónica y sin darle más vueltas comencemos a tocar, ajenos a ese brillo que despierta la música en las miradas de los demás, ajenos a esas preocupaciones que salen volando de sus mentes con cada compás de la melodía, ajenos a todo, atentos tan sólo a lo importante. Ojalá, a falta de instrumento, del don de la música, de saber tocar, encontremos nuestra "armónica" con la que dar sabor a la espera para no perder ni un sólo segundo de nuestro día, que nos fue dado con la esperanza de que camináramos sobre él y no sólo anduviéramos.
Ojalá, camine al andar.
Ojalá, camines al andar...
Con la mente en blanco para llenarla de sueños, con la mente repleta de ideas y pensamientos que poner en orden, persiguiendo con tus zapatos el ritmo que tu vida merece, sin ralentizarlo o acelerarlo por un mero instinto pasajero, y que, al mismo tiempo, seas capaz de acompasarlo a los míos, al lado. Sencillamente lo que te pido, es que cuando camines al andar, tengas el valor de no adelantarte sólo en busca del reconocimiento, sino que te abras camino, y que lo hagas al lado, a mi lado.


